Coche, by Harry Crews

Herman es el hijo de Easy Mack, el propietario del mayor cementerio de coches de Jacksonville. Su vida es monótona, sin sorpresas, hasta que decide poner fin a ese hastío. Si no encajas, si no echas raíces, lo mejor es darte un homenaje gastronómico a base de fragmentos de aluminio, hierro fundido, metal desgastado, gas y alguna sustancia química. ¡Como lo oyes!

“Me comeré un coche. Me comeré un coche enterito, desde el parachoques delantero al trasero…”

Zamparse un Ford Maverick de 6 cilindros con palanca de cambios convencional, sin opciones. Subido en la marquesina de un hotel, el más importante de Jacksonville en el estado de Florida, decide, con enorme excitación, llevar a cabo esta fantástica idea. Hay que trocearlo, quitar las puertas dobles de cristal, los dos pilares de cemento y cuatro ventanas de cristal laminado para poder introducir el coche en el vestíbulo y llevarlo hasta el horno-salón de baile donde Herman va a comérselo.

“Gasto 30 tacos y nunca he tenido nada, nada de nada. Hemos estado pudriéndonos entre esas montañas de coches oxidados y nunca hemos conseguido nada. Pero ahora, por fin, he encontrado algo”

El día está encapotado y un platillo se cierne sobre la vida de la ciudad acelerando la respiración de los transeúntes. Los motores de gasolina rugen desbocados por las calles. Es como si a tu hijo le gustara pasearse por lavabos de estaciones, olisquear retretes o hartarse de excrementos por la esquinas. Lo que pasó al final lo tienes en tu librería favorita. Te han reservado un ejemplar.

//Traducción de Javier Lucini

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