Manual de jardinería (para gente sin jardín)

Y qué hacemos aquí, atesorando días con afán filatélico, con este sacar libros, volverlos a meter en las estanterías, qué gimnasia de tríceps, el punching ball de la intuición golpeando los objetos, miramos una tarde entera la espuma del fregadero, todo lo evanescente piensa en nosotros, en “nosotros” cabemos tú y yo o la humanidad entera, qué manía el lenguaje, ese anciano consentido, jugando al ajedrez con piezas negras –tizones encendidos.

El autor de los mejores juegos de palabras lo hace en un idioma polinesio hablado por cuarenta personas, ensaya una mitología de las carencias, sabe que la verosimilitud es un entrante revenido, se asusta con su propio solo de clarinete, brinda con sartre y su “pasión inútil”, esnifa un lunes, arroja un cosmopolitan al océano pacífico.

Parecemos “un francotirador mirando por un caleidoscopio”, nos masturbamos mancamente, la glándula pineal se había dormido por coger una mala postura, qué hacemos escribiendo un libro de relatos, próximos, tan próximos a la poesía como la euforia al anonadamiento, acaso solo es un estímulo para armarnos como muñecos troquelados, para que aplauda la venus de milo, enfebrecida, para que la gioconda estalle en carcajadas.

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