“Los alimentos que vemos en el supermercado no son la realidad”

Entrevista a Berta Gener, cofundadora de la Plataforma Aprovechemos los Alimentos

Hizo eclosión en 2013, cuando llegó a sus manos un informe de la Food and Agriculture Organization (FAO) con un dato contundente: un tercio de los alimentos que se producen en el mundo se pierden o se despilfarran. Hasta ese momento, Berta Gener utilizaba sus conocimientos en periodismo y ambientología en la ONG Espai Ambiental, haciendo campañas sobre cómo prevenir el derroche y alertando sobre sus consecuencias para el planeta. Y tras chocarse con esa información a escala global, decidió que la respuesta debía estar a una altura semejante.

Después de meses de muchas llamadas y reuniones y actividades, en febrero de 2014 (y desde la misma ONG) logró unir a otras asociaciones que también venían trabajando en la misma línea aunque desde diferentes perspectivas. Así surgió la Plataforma Aprovechemos los Alimentos (PAA), en un acto fundacional en el que presentó un manifiesto a un público específico, a todos los eslabones de la cadena alimenticia: campesinos, representantes de la industria, funcionarios de administración y educadores.

¿Por qué esta lógica del acto fundacional?

Entendimos que la única manera de luchar contra el despilfarro es de manera conjunta, así que hay que involucrar a todos los actores de la cadena alimentaria: producción, industria, consumidor, transporte.

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¿Crees que todo el sistema mundial está pensado para que esto siga pasando, que existe algo así como un “despilfarro programado”?

Nadie discute que el sistema de producción y distribución de alimentos genera un problema sistémico en este sentido. El activista mundial del despilfarro Tristram Stuart, ha viajado por todo el mundo viendo dónde se tira comida y por qué. Y se tira mucho porque los alimentos no cumplen con los estándares que demanda la industria y el comercio internacional. Pero por suerte se puede hacer mucho, presionar a nivel normativo y político para que se realicen acciones. Es importante, por ejemplo, la transparencia, que las empresas declaren qué es lo que tiran.

En sus performances de sensibilización, la PAA busca llegar a la población no sólo dando a conocer su trabajo sino también invitando a todo el mundo a discutir el problema. El Gran Dinar (la Gran Cena) es el formato: comidas populares y gratuitas que se cocinan con excedentes de mercados y que se sostienen con la ayuda de voluntarios.

El primero lo hicieron en 2014 en la Plaza dels Àngels de Barcelona, con la incorporación de stands con iniciativas vinculadas a evitar este malgaste: recetas para no tirar las hojas del rábano ni los tallos del puerro, esculturas creativas con las verduras y frutas que la industria considera “poco estéticas” y talleres para aprender a fabricar velas con aceite usado.

—¿Cómo fue ese primer Gran Dinar? Recuerdo que pasaba por ahí y vi semejante despliegue que me quedé a comer, recorrí los stands y vi a muchos voluntarios.

Fue un gran acontecimiento festivo pero también de concientización. Se cocinó para mucha gente y se hizo una campaña para captar a más de 100 voluntarios. También colaboró Mercabarna [el polígono alimentario que concentra los mercados mayoristas de Barcelona]: nos abrieron las puertas para que pudiéramos hablar con los comerciantes que había ahí, íbamos a explicar parada por parada por si querían donar algo. La idea era que dieran aquello que se fuese a tirar. Y esa fue la comida que se cocinó.

¿Cómo puede ser que a estas alturas de la humanidad se siga clasificando a la verdura y la fruta por criterios puramente estéticos y visuales?

Lo que uno ve en el supermercado no es la realidad. Un producto bueno no tiene nada que ver con el aspecto. El sistema de distribución de alimentos tiene unas reglas muy determinadas. Y todo lo que es el gran comercio pasa por estas reglas. Pero no es sólo la parte estética, hay también las del transporte. Por ejemplo, unos pepinos torcidos son más difíciles de almacenar, entonces la gran logística no los quiere porque eso supone menos cantidad y más coste para que ese pepino cruce medio planeta.

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Otra de las actividades principales de la PAA son las incursiones a los campos para espigar, es decir, para recoger el excedente que se descarta después de las cosechas. Muchas veces se han encontrado, por ejemplo, con patatas sanas y en perfecto estado, ideales para el consumo, pero que para el comercio eran muy pequeñas o muy grandes o tenían demasiados bultos para un consumidor habituado al confort que no quiere verduras difíciles de pelar. El destino de todo eso era siempre el mismo: la basura.

—¿No te parece que la pose foodie ha traído consigo, también, un crecimiento exponencial de la preocupación general sobre qué comemos y qué nos metemos en el cuerpo?

Pues debemos aprovechar esta tendencia. Quizás parece un poco pijo toda esta cuestión de los foodies y tal, pero si sirve para valorar lo que comes y preguntarte de dónde vienen las cosas, pues genial. Al final, siempre decimos que despilfarro no es solo lo que tú puedes tirar cuando te ha sobrado comida o lo que tira el supermercado porque está a punto de caducar, sino también todo lo que está detrás del alimento, toda la cadena.

—¿Qué pasa con la cuestión ambiental y el despilfarro?

Cuando tú tiras comida estás tirando toda la energía que se utilizó para producir ese alimento, todos los contaminantes, el suelo fértil que sirvió para eso, los residuos que generas. Hasta hace 3 o 4 años se trabajaba el tema del despilfarro sólo desde la perspectiva social, es decir la necesidad de redistribuir toda la comida que sobra.

Ahora el problema se ve en toda su dimensión y la PAA, en su múltiple composición, expresa en sí misma toda esa complejidad con que se debe abordar el desperdicio alimentario.

Para este año, tienen varios proyectos: en junio, el día 11, participan en una gran comida popular para unas mil personas en el marco del festival de diseño FadFest. El acto quiere poner a prueba la capacidad de la ciudad de Barcelona para autoabastecerse de alimentos. Otra iniciativa prevista por la PAA es expandir el Gran Dinar por el resto de Cataluña y, tal vez, intentar un nuevo formato: el Disco Sopa, algo similar pero de noche y con música. Y es que buscan evitar la solemnidad reivindicativa: no quieren perder nunca la idea de que lo festivo también puede acompañar un reclamo tan urgente como el de la alimentación.

 

Fotos:  Erika Arias 

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