“Conecta con tu interior, y tu pelo expresará toda tu belleza y tu fuerza”

Entras a la peluquería. Necesitas un cambio. Y, cuando te llega el turno, la pregunta:

—¿Qué quieres hacerte?

La respuesta, casi siempre, es un seco “no sé”, que primero retumba en tu cabeza, en la de la peluquera y que después se convierte en un eco que lo envuelve todo. De lejos, ves las tijeras como cuchillos, y tienes un flash: ves tu pelo en el futuro y prevés lo peor. El desastre.

Por eso cuando ves un cartel, en una pared cualquiera, donde hay escrito “Peluquería Consciente”, frenas en seco. “Que el corte de pelo sea un disfrute”, lees, y se te pone la piel de gallina.

Llamas y contesta Audrey Tessier, con leve acento francés. Y dos días más tarde estás entrando a la peluquería La Hair Boutique, en Barcelona, que es donde atiende los días lunes.

Cuando te llega el turno, sentada con los pies que patean el aire, escuchas las preguntas:

¿Qué te pasa?

¿Qué ves en ti que no te gusta?

¿En qué te puedo ayudar?

Audrey te mira (los ojos traslúcidos), sonríe, te toca el pelo. En ese momento, aunque no te des cuenta, ella te está leyendo con intensidad. Es un escáner: se fija en lo primero, o sea en cómo es tu pelo, rizado o liso, y en qué técnica es la mejor para recortar. Pero también se detiene en tu cara (en la forma de tu nariz, tus ojos, tu sonrisa) y en el resto de tu cuerpo. Y, sobre todo, Audrey le presta atención a tu interior: ¿eres extrovertida? ¿o más bien callada? ¿dulce o efusiva? ¿enigmática o expansiva?

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A ese radar, Audrey le llama “Asesoramiento Intuitivo” y es una de las fases de este acompañamiento que te presta en el proceso de cambio. “Intento crear un espacio de relajación y no de estrés en el que puedas disfrutar, sentir lo que te pasa sin tensarte”, dice. Pero hay más.

Alrededor el ambiente no es el de una peluquería al uso. Hay revistas, pero nadie les hace caso; la música es suave, hipnótica; y las tres mujeres que hay dentro no dicen ni mú. Parece, más bien, una de esas películas japonesas donde el tiempo pasa lento y sus protagonistas no rompen en silencio: lo ocupan.

Cuando Audrey tiene el veredicto (consensuado), sus manos alargadas empiezan a trabajar. Mezcla en un recipiente gena neutra (“para dar brillo y fortificar el cuero cabelludo”), amla (“que es un tonificante y regenerante que activa las células”), aceite de ricino, agua desmineralizada y algunos aceites esenciales que, en este caso, “ayudan a potenciar la calma”. La peluquera intuitiva mide, pesa, y remueve la masa, mientras explica su método insólito de usar plantas ayurvédicas para la belleza del cabello.

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“Ayurveda”, dice, y luego sabremos por wikipedia que es un sistema de medicina tradicional (y milenario) originado en India. Allí precisamente aprendió Audrey los detalles de lo ayurvédico, de la mano de Anita, una mujer india que le enseñó su aplicación en todos los aspectos de la vida. En la cocina, en la salud, en la belleza.

—Si quema el agua, me avisas— susurra, cuando llega el momento del lavado y el masaje con sus dedos finos. —Ahora cierra los ojos y déjate llevar. Es el momento de conectar contigo misma.

El proceso, al completo, durará unas dos horas, el tiempo que Audrey y sus elementos extraídos de la tierra fortalecerán el pelo desde su raíz, y trabajarán en un solo objetivo: que tu interior y tu exterior estén en armonía. Darle alas a tu belleza intrínseca.

“Hay gente que llega con la foto de una revista para que le reproduzcas el peinado. Y eso a mí no me parece. Hay que buscar una imagen que esté en equilibrio con lo que sientes por dentro. Se puede jugar, claro, con tintes, con tamaños… Pero el corte debe adaptarse a tus facciones, a tu color, a tu cuerpo, a tu momento, a tu manera de ser. Eso es armonía. Eso es un cambio de verdad”, dice.

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Como símbolo de regeneración, Audrey cuenta el caso de la clienta a la que cortó mucho el pelo y a partir de allí sintió más fuerza en su vida. Tenía –dice- más determinación, era más dueña de su vida. Y también describe Audrey cómo un poco más lejos, en algunas zonas de la India, las mujeres se rapan el pelo al enviudar, y ofrecen su cabello como ofrenda. “Todo un ritual para pasar página, para continuar con el siguiente paso que propone la vida”.

Además de servir como detonante del cambio, Audrey dice que un corte de pelo sirve para encontrarte a ti mismo. Y todo su discurso está plagado de buenas noticias. Dice, por ejemplo, que las canas son hermosas (“¿pero no envejecen diez años?”, “depende de cómo las lleves, depende de si las aceptas o no”); que si estás bien por dentro, el cabello estará fuerte y brillante; y que cuando los días son tristes, hay una solución para darle un empujón a la melena: “A mí me encantan los baños de aceite. Para el pelo normal, aceite de coco; para el más grueso, argán, por ejemplo; y para el cabello muy fino, aceite de ricino. Te pones un film plástico en la cabeza, duermes toda la noche con la mezcla y, al día siguiente, después de lavarte el pelo dos o tres veces, verás que tiene más brillo, que está vibrante”.

Antes de salir, Audrey me acerca con una frase a un nuevo concepto de belleza, a una perspectiva diferente de lo estético:

—Hay que conectar con tu interior para dejar salir a través de tu pelo toda tu hermosura y toda tu fuerza. Así tu cabello florecerá: será espléndido.

—¿Y si no puedo conectar con mi interior?

Audrey sonríe.

—Llámame: te haré de puente.

 

Fotografía de apertura y última: Erika Arias

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