
Crisis aparte, está demostrado que algunas distribuidoras cinematográficas poseen una anormal tendencia a perder el norte. Por suerte existen valientes que todavía se arriesgan y apuestan por lo que debería ser el leitmotiv de todo distribuidor: el cine. Es entonces cuando surgen iniciativas tan maravillosas como el reestreno de una de las películas más deliciosas de toda la historia. Dirigida con abrumadoras dosis de ternura y sencillez, la belleza que desprende “El festín de Babette” resulta deslumbrante. Su tono es cálido y cercano, y la tremenda sensibilidad que rezuma se apodera poco a poco del espectador haciéndolo partícipe de una experiencia intimista e inolvidable. Una oportunidad inexcusable para revisionar (¡o descubrir!) una película de Oscar convertida en una pequeña joya del celuloide.