
Hay novelas que parecen dictadas por el temblor de una memoria herida. Inés, de Elena Garro, es una de ellas. No nace del deseo de contar, sino de la urgencia por nombrar aquello que no tuvo espacio: el maltrato, la invisibilidad, la rabia contenida.
La obra, aunque escrita décadas atrás, irrumpe con una vigencia incómoda. Es el eco de una mujer que escribió a contracorriente, que fue silenciada, juzgada, deformada. En Inés, Garro no se esconde: el texto es un espejo en el que se cruzan su experiencia personal y el horror simbólico de muchas. El personaje principal es una joven española atrapada en una red de abusos, pero detrás se escucha la voz de la autora, cargada de verdades que no podían nombrarse abiertamente. La novela, escrita en un contexto de exilio y censura, deviene un acto de supervivencia literaria. Garro se enfrenta no solo a sus propios fantasmas —una relación tormentosa con Octavio Paz, a quien parece retratar bajo el disfraz del siniestro Javier—, sino también a una estructura patriarcal que la persiguió dentro y fuera de México.
A través de una escritura árida, desprovista de ornamentos, la autora abre una grieta por la que se cuela el desconcierto. Garro escribe con una prosa que parece alucinada y lúcida a la vez: los pasajes más desgarradores de maltrato y abuso conviven con atmósferas oníricas, donde chamanes, rituales, y figuras grotescas se asoman como fantasmas de un subconsciente colectivo perturbado.
Inés no es solo testimonio: es ajuste de cuentas, es denuncia, es exorcismo. Y también, de alguna forma, es reparación. En un mundo literario que tantas veces relegó a Garro a un lugar secundario, esta novela se yergue como prueba de su lucidez, su valentía y su necesidad de escribir lo que la historia quiso borrar. Porque cuando una mujer escribe desde la herida, su voz no es solo la suya: es la de muchas. No dejen de leerla.
