Hay lugares que no podemos explicar solo con palabras: es necesario probarlos. Y recientemente tuvimos la oportunidad de probar un clásico barcelonés que ha sabido permanecer y evolucionar con los años, pero también mantenerse totalmente fiel a su esencia. Sentarse en la barra de Kiosko Universal, ubicado en el corazón del Mercado de La Boquería, es aceptar una invitación a comer con los cinco sentidos. Sin manteles ni ceremonias, en el Kiosko Universal todo es tan sencillo como la barra de un bar, la cocina abierta y un producto fresco y de una calidad incontestable.

Lo mejor para comenzar es que te dejes aconsejar por Borja Domínguez, que en 2015 retomó el negocio familiar que su padre había abanderado y convertido lugar mítico ya desde 1973. Los calamares a la plancha son un ejercicio de precisión. Jugosos, con el punto exacto entre firmeza y suavidad. Cada pieza de comida en el Kiosko parece cocinada pensando solo en ella. Los huevos fritos con gambas al ajillo llegan chisporroteando; resulta un plato sencillo, casi doméstico, pero ejecutado con una contundencia que reconcilia con la cocina popular. El pulpo, cocido en casa, confirma que el tiempo es un ingrediente más: meloso, bien templado, con el pimentón justo para acompañar sin imponerse.
Según la temporada, aparecen joyas efímeras: alcachofas fritas crujientes por fuera y cremosas por dentro, o un cap i pota profundo y reconfortante. Lo mejor de todo, es poder contemplar el espectáculo culinario desde la barra.
Todo sucede bajo la mirada cómplice de la famosa bola-globo creada por Antoni Miralda, un recordatorio de que este pequeño kiosco es también una obra viva. Medio siglo después, el espíritu sigue intacto: cocina de mercado sin artificios, con producto fresco y sin grandes pretensiones. Haznos caso y hazles pronto una visita, no te arrepentirás.
