
Ladrón, espía y asesino, by Yuri Buida
El propio título lo anuncia con socarronería: ese es el programa estético del autor, y también su declaración de intenciones vital. Robar rasgos ajenos, espiar los movimientos del alma, matar instantes para conservarlos. Hacer literatura, en definitiva.
Nacido en 1954 en Znamensk, en la región de Kaliningrado -ese territorio fantasma que fue Prusia Oriental y que los soviéticos convirtieron en enclave después de deportar a su población alemana-, Yuri Buida construye aquí un relato de formación que arranca en la infancia y llega hasta la disolución de la URSS en 1991. Tres décadas de vida soviética contadas desde la periferia, desde una pequeña ciudad obrera donde, como señala el propio autor, la cotidianidad se mostraba con una desnudez descarnada y sin escapatoria posible.
El escenario central de esa iniciación es tan modesto como simbólico: el vertedero donde trabaja el padre del protagonista, adonde llegaban toneladas de papel impreso -incluidos libros con el nombre de Stalin en el lomo- para ser reciclados. De ese cementerio de palabras rescata el joven Buida a Verne, a Poe, a Stevenson, a Kafka -su gran referente-, construyendo una biblioteca clandestina que es también un refugio y una forma de resistencia silenciosa. Buida crece acompañado por su pasión por la lectura, por su ambición de escribir, trabaja como periodista en medios regionales y llega a ser miembro del partido, antes de quemar sus textos y sus naves para lanzarse hacia la independencia literaria.
Lo que hace excepcional a esta obra es la temperatura de su prosa: agridulce, burlesca y tierna a la vez, sin caer nunca en la nostalgia ni en la denuncia panfletaria. Buida traza el retrato de una sociedad tan deficiente como ingeniosa, tan cruel como capaz de la mayor ternura. Ladrón, espía y asesino es también, inevitablemente, una reflexión sobre el precio del miedo y el valor de la sinceridad. Buida confiesa que el temor a ser incomprendido lo paralizó durante años, pero su escritura demuestra que supo, al fin, transformar ese miedo en literatura. El resultado es uno de los libros más singulares que pueden leerse este año: una vida contada como si fuera un sueño, y un sueño que duele como la historia.

Entre las hojas escondido, by David Muñoz Mateos
Entre las hojas escondido es la segunda novela de David Muñoz Mateos, publicada por Muñeca Infinita. Este zamorano, con raíces en la Sierra de la Culebra, teje una narrativa que es tanto un canto de amor a la tierra agreste como un interrogante punzante sobre lo que significa ser «civilizado». No es un thriller de niños salvajes al estilo romántico; es un tapiz introspectivo que explora el desarraigo generacional a través de un narrador que regresa a su pueblo natal para reencontrarse con Samuel, un amigo de la infancia que ha vivido al margen de la sociedad, crecido en el monte como un eco de esos críos salvajes de la selva.
La trama se desenvuelve en caminatas por senderos empedrados, charlas fragmentadas y recuerdos que se desdibujan como niebla matutina. Muñoz Mateos no fuerza el drama; en cambio, deja que el paisaje –esos robles centenarios y valles despoblados– sea el verdadero protagonista, reflejando la soledad de un narrador que, tras años de viajes y exilios urbanos, confronta su propia desconexión. Samuel, con su resistencia a la modernidad, encarna esa pureza salvaje que el narrador envidia y teme: un hombre que caza con las manos, duerme bajo las estrellas y rechaza el ruido del mundo. Temas como la despoblación rural, los límites borrosos de la identidad y la literatura como salvavidas emergen orgánicamente, sin pedantería, en un estilo poético pero accesible, lleno de imágenes sensoriales que te hacen oler la tierra húmeda y oír el crujir de las hojas.
Lo que más cautiva es cómo Muñoz Mateos humaniza lo salvaje, hay crudeza en la supervivencia, un recordatorio de que el progreso a menudo erosiona lo esencial. En un panorama literario saturado de urbes relucientes, es un bálsamo necesario, una invitación a mirar hacia adentro y hacia el bosque. Si buscas una lectura que te deje con el alma revuelta y los pies inquietos, este libro es para ti.

Madame Vargas Llosa, by Faverón (Fulgencio Pimentel)
Hay libros que nacen del duelo y se convierten, casi sin quererlo, en algo más grande que la elegía. Madame Vargas Llosa, la nueva novela de Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966), es uno de ellos. Publicada en España por Fulgencio Pimentel, esta nouvelle de apenas 192 páginas llega después del terremoto que supusieron Vivir abajo (2018) y Minimosca (2024), y constituye a la vez un homenaje al escritor Mario Vargas Llosa —fallecido en abril de 2025— y una demostración de que Faverón es hoy uno de los narradores más singulares de la literatura hispanoamericana.
Faverón despliega cuatro voces narrativas que se enredan, se contradicen y se iluminan mutuamente: el cineasta mozambiqueño Ruy Guerra, que narra su ruptura ideológica con Vargas Llosa; Fittipaldi, el sospechoso escritor de telenovelas; Rita Fonseca, su mujer, que habla desde la ultratumba; y Maria Trindade, escritora transgénero que habita las favelas brasileñas y que llega a afirmar, con toda la lógica del delirio, que ella misma es Vargas Llosa.
Madame Vargas Llosa trasciende el mero tributo: es un manifiesto sobre la inestabilidad de la verdad en la era digital, un terremoto que sacude las letras hispánicas. Para lectores ávidos de innovación, esta novela es imprescindible; un recordatorio de que la literatura, como la vida, es un espejismo esquivo. Una novela de su propio autor, que, lejos de clausurar su territorio, lo expande, abriendo la puerta a lo que podría ser una serie de ficciones nacidas “más allá” de ese umbral. La literatura como territorio de posesión, contagio y riesgo. Se sitúa en la frontera de la realidad y la ficción, finge ser la obra de un alter ego femenino de Vargas Llosa. Una identidad literaria que ocupa un método, una mirada y una posición en el mundo, más que una simple imitación. Esta novela rinde un homenaje descarnado al Nobel peruano, pero lo hace desde un ángulo oblicuo y perturbador, como si el propio Vargas Llosa fuera un personaje atrapado en un espejo deformante.
