
Con su segunda novela, Miranda July confirma lo que ya había insinuado en sus relatos y en su primera incursión narrativa: su literatura incomoda porque no pretende complacer. A cuatro patas —señalada por medios como The New Yorker o The New York Times como uno de los mejores libros del año— llega ahora en traducción al castellano y lo hace con la fuerza de una declaración estética y política. La trama arranca con un gesto sencillo: una artista de mediana fama, casada, madre de una hija no binaria, decide recorrer en coche el país de costa a costa. Apenas veinte kilómetros después de partir, su viaje se detiene en un motel anodino. Esa suspensión del movimiento exterior se convierte en el detonante de un viaje mucho más perturbador: el del deseo, la identidad y la reinvención íntima.
July escribe sin filtros. La protagonista experimenta con su cuerpo, se interroga, se expone. La narración transita entre lo cómico y lo brutal, lo tierno y lo incómodo, siempre con una prosa limpia, cargada de ironía y precisión. No hay concesiones: la sexualidad madura se narra en toda su crudeza, lejos de la corrección política y de la complacencia literaria. Más que una novela erótica, A cuatro patas es una novela de resistencia. Resistencia contra la idea de que la vida adulta debe transcurrir en la mesura y la estabilidad. Resistencia contra la invisibilización del cuerpo femenino cuando deja atrás la juventud. Resistencia, en definitiva, contra la narrativa edulcorada de la madurez como etapa de conformidad.
El resultado es un texto que divide: para unos, incómodo hasta lo insoportable; para otros, un acto de honestidad radical. Lo cierto es que pocas novelas recientes han descrito con tanta franqueza lo que significa habitar el deseo cuando se rozan los 50. La novela no concluye en catarsis: más bien, deja una fisura en la mirada lectora y en el canon femenino contemporáneo. En ese sentido, July ofrece un espejo incómodo: su texto no cuida, interroga.
