
Que Ingmar Bergman estuviese nominado al Oscar en nueve ocasiones y que jamás se llevase ninguna estatuilla dorada a casa no tiene perdón. Más de sesenta años tras las cámaras llenando la pantalla de cinefilia y de un virtuosismo aplastante, de historias, de diálogos, de miradas irrepetibles, educando, influyendo, enamorando. Su legado cinematográfico es uno de esos que deberían ser custodiados en un búnker en caso de ataque nuclear o huracán hiperdestructivo, aunque si por él fuese «El manantial de la doncella» podría quedarse fuera. Pese a ganar el Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa, a la fama cosechada, a unas interpretaciones bestiales, a lo espectacular de su belleza y a rozar la perfección, el resultado del film nunca fue de su agrado. Cosas de genios que, en su caso, están más que permitidas.