
Marta Fernández regresa con un ensayo: La mentira. Historias de impostores y engañados. En él nos ofrece un repertorio de historias en las que el engaño se eleva a obra de arte, frente al que solo podemos reaccionar como cuando nos sentamos en una sala de cine: convencidos de la verdad de lo que vemos. Un proyecto que enriquece nuestra memoria con multitud de personajes y episodios que ocupan espacio en el rincón del olvido y que maduran para mirarlas de otra forma, como más hermosas que la realidad de la vida. Unos ejemplos: Victor Lustig, amigo de Al Capone, que intentó vender la Torre Eiffel; como Phineas Taylor, quien aseguraba exhibir en sus espectáculos esclavas de más de 160 años, o como Martin Kraegel, supuesto poseedor de los cuadernos perdidos de Scott Fitzgerald. ¿Ahora lo llamamos fake news? Llegamos muy tarde.
La mentira es algo que forma parte de nuestro viaje, no creo que exista una sola persona que en el transcurso de su vida no haya tenido que recurrir al engaño; es muy común observar cómo el ser humano miente en cualquier momento, por ejemplo, cuando se retrasa al llegar a una cita médica o a la oficina, lo que sucede es que se nos enseña a mentir desde que somos muy pequeños y se nos acostumbra a vivir rodeados de engaños, un ejemplo muy sencillo es cuando los padres le dicen al niño que no debe llorar porque “los hombres no lloran”, de este modo el niño crecerá creyendo esa mentira por lo tanto se avergonzará cuando tenga que desahogarse y más tarde cuando tenga hijos les infundirá la misma mentira. Si un engaño puede materializarse, es porque siempre hay alguien dispuesto a creer. A los periodistas siempre nos han interesado los impostores, los farsantes y las mentiras. Lo que intentamos es desmantelar las mentiras. Si escribimos para algo más, una novela, por ejemplo, trabajamos, al fin y al cabo, con las mentiras. Somos grandes mentirosos.
Un libro entretenido que pone en escena unos personajes que van a suscitar su curiosidad y van a querer saber más. Con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver. ¡Miénteme, Pinocho, miénteme!