
Cuarenta mujeres han permanecido cautivas en un subterráneo por tanto tiempo que la percepción temporal ha desaparecido. Sus guardianes, hombres vestidos de uniforme y con comportamiento silencioso, no entablan conversación ni establecen contacto físico, salvo para evitar intentos de autoeliminación. Pero, ocurre algo impensable una alarma irrumpe el silencio, y los guardias, misteriosamente, se esfuman tras dejar la puerta entreabierta. Después del peculiar sonido de una alarma inquietante, las mujeres, finalmente, logran escapar hacia el mundo exterior, un entorno deshabitado y ajeno donde serán obligadas a reinventarse, frente a un reto incierto y enigmático. Lo que descubren afuera no es la anhelada libertad, sino una tierra árida, extraña, donde la supervivencia en grupo se vuelve esencial. La libertad, la soledad y la fortaleza humana frente a lo desconocido, ¿qué implicación tienen? La narración, a través de la primera persona, nos adentra en un viaje interior, cuestionando la lógica, destacando el sinsentido y la falta de finalización. La pieza adquiere valor por su austera expresividad y hondura existencial.
El sombrío escenario distópico de la obra Yo que nunca supe de los hombres, de Jacqueline Harpman, además ahonda en el destino de los cuerpos femeninos, en un mundo muy árido. La protagonista narra sus vivencias, establece comparaciones entre el entorno y su ser. Es relevante entonces escudriñar la narrativa como metáfora, acerca de la exploración de los cuerpos, donde las mujeres se interrogan sobre su situación al marginarse el canon femenino de reproducción y fertilidad. El hecho de que la narradora nunca haya conocido a un hombre la distingue, impidiéndole comprender las relaciones románticas de las mujeres y su deseo de contacto físico. Nunca ha pasado por la pubertad y reflexiona sobre su asexualidad; por alguna fuerza desconocida, se le ha impedido madurar. Una de sus mayores frustraciones en la adolescencia es su desconocimiento sexual, que las demás mujeres se niegan a compartir con ella. Esta es otra forma en que se siente limitada.
Yo que nunca supe de los hombres es un texto que gira en torno a las reflexiones de la narradora, sutilmente filosófica, revolucionaria y desgarradoramente buena. Aunque el planeta alienígena que se describe está completamente alejado del nuestro, la ternura y la humanidad que muestran sus habitantes resultan reconfortantes y trágicas a la vez: la belleza de la conexión humana se conserva intacta.
