Gran parte de nuestro trabajo aquí es discernir lo cool de lo no cool. Sí, de ahí el nombre. Nos toca mirarlo todo con otros ojos, escanear los pequeños detalles y entonces decir: ah, si, podría molar. Y claro, como todo defecto profesional, eso acaba afectando nuestro día a día. Ayer, sin ir más lejos, estaba viendo el partido en un bar de chinos y no podía desenchufar el escáner. Mientras veía celebrar su tercer gol a un Neymar cada vez menos Neymar -por aquello de que los jugadores al llegar al Barça se convierten en caballeros que leen a Baudelaire envueltos en batín de seda- me pregunté, ¿el fútbol es cool? Desde luego hay muy poco estilo en esas camisetas de colores cuyos contrastes desprenden retinas y en las muecas de dolor -fingido, si se trata de Busquets- de los jugadores. Tampoco atraería a ningún coolhunter la masa de seguidores mugiendo enfervorecida desde la grada o desde el mismo bar en el que estábamos. Gritos entrecortados por el nerviosismo y la cerveza, camisetas del Barça embutidas en el torso de tipos que se niegan a reconocer que están gordos, y todo impregnado en un persistente olor a fritanga. “Definitivamente, el fútbol no es cool”, dije. Pero entonces mi amigo me señaló a dos señores mayores. Uno vestía un mobo negro de cuello alto y llevaba un peinado a lo Warhol, y su amigo lucía un jersey azul y verde por el que cuatro hipsters se habrían retado a muerte en el mercadillo de turno. Su conversación era aberrante -hablaban sobre que “nos comen los chinos”-, pero, vamos: esos tipos lo petaban… y no tenían ni idea.
A veces lo cool se esconde donde menos lo esperas, dice Samuel y todo el equipo de Le Cool Barcelona.
Claro, que si nos sigues en Facebook y en Twitter irás sobre seguro.