Del 12 al 18 de diciembre

Gran parte de nuestro trabajo aquí es discernir lo cool de lo no cool. Sí, de ahí el nombre. Nos toca mirarlo todo con otros ojos, escanear los pequeños detalles y entonces decir: ah, si, podría molar. Y claro, como todo defecto profesional, eso acaba afectando nuestro día a día. Ayer, sin ir más lejos, estaba viendo el partido en un bar de chinos y no podía desenchufar el escáner. Mientras veía celebrar su tercer gol a un Neymar cada vez menos Neymar -por aquello de que los jugadores al llegar al Barça se convierten en caballeros que leen a Baudelaire envueltos en batín de seda- me pregunté, ¿el fútbol es cool? Desde luego hay muy poco estilo en esas camisetas de colores cuyos contrastes desprenden retinas y en las muecas de dolor -fingido, si se trata de Busquets- de los jugadores. Tampoco atraería a ningún coolhunter la masa de seguidores mugiendo enfervorecida desde la grada o desde el mismo bar en el que estábamos. Gritos entrecortados por el nerviosismo y la cerveza, camisetas del Barça embutidas en el torso de tipos que se niegan a reconocer que están gordos, y todo impregnado en un persistente olor a fritanga. “Definitivamente, el fútbol no es cool”, dije. Pero entonces mi amigo me señaló a dos señores mayores. Uno vestía un mobo negro de cuello alto y llevaba un peinado a lo Warhol, y su amigo lucía un jersey azul y verde por el que cuatro hipsters se habrían retado a muerte en el mercadillo de turno. Su conversación era aberrante -hablaban sobre que “nos comen los chinos”-, pero, vamos: esos tipos lo petaban… y no tenían ni idea.

A veces lo cool se esconde donde menos lo esperas, dice Samuel y todo el equipo de Le Cool Barcelona.

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