Paco Inclán se propone investigar donde no lo haría nadie. Se aleja de la cotidianidad para tejer una tela de araña de historias imposibles. Con una afinada sutileza se adentra en búsquedas que otros dejamos en el olvido. Estamos saturados de información por la multitud de medios de comunicación que nos ahogan hasta dejarnos absortos; sumisos de la necedad y el hastío periodístico de bajo nivel, donde toda profesionalidad queda en entredicho. Inclán agarra esas noticias “despistadas” que se pierden en un mar de hojas y pantallas. Esos sucesos que nadie repara en ellos, que driblan a los lectores para quedarse en simples chistes rellena-huecos. A nadie se le ocurre pensar que ocurrió con el brazo derecho de San Vicente Mártir, salvo su condición incorrupta plasmada en algún recopilatorio hagiográfico; una pieza que desde una óptica contemporánea lo consideraríamos dentro del género gore. A mí también me preocupa que el himno de España tenga letra y ver a esos millonarios futbolistas cantarlo con aplomo y mirada perdida en las finales de diversos certámenes. Ese interés por visibilizar espacios para practicar cruising y sus usos públicos. “La situación me desborda por repentina. Y, sinceramente, no me lo esperaba. Noto como la arena de la playa se me va introduciendo por el ojete. Observo la luna, baja la marea, la playa se estira, escuchó unos jadeos, ya es noche cerrada en Formentera. Y tengo a mi lado a un tipo encuerado esperando que mi glosa le responda”. También nos cuenta que el eructo siembre dudas como detalle de excelsa gratitud por una invitación a una cena: una excesiva distorsión puede ocasionar un altercado intercultural de imprevisibles consecuencias. Para terminar, el libro pone en práctica un estudio de la psicogeografía, el estudio de los aspectos y las formas de ese ambiente en las emociones y en el comportamiento de las personas. Un concepto que guarda una amable vaguedad y reconoce las dificultades de su puesta en práctica. Recomendable.
