He subido al tren con el libro en mis manos. Por los auriculares suena el clarinete de Mezz Mezzrow, años veinte y treinta en Chicago y Nueva York, un volumen ensoñador. Nos trasladamos tras un lento viaje a las orillas del Mississippi donde la vida y la muerte van de la mano entre la pobreza, el alcoholismo y la tragedia. Glen Davis es liberado de la prisión después de cumplir tres años de condena por un homicidio. Ahora clama venganza; la lista es larga, uno tras otro, con sigilo y sin piedad, van cayendo. Glenn se aferra a su pasado, no es el hijo pródigo. Las numerosas desgracias caen sobre los personajes que aceptan la tragedia como un modo de vida. Esta historia tiene lugar en un mundo mediocre donde la gente hace lo que puede y algunas veces no es lo suficientemente bueno, pero lo intentan, siguen adelante. Perseveran y tratan de ayudarse mutuamente, no importa cuál sea el número de víctimas personales. A medida que pasan los largos y calurosos días y las noches de verano, Brown sigue a sus personajes con sus pensamientos, en casa, en el trabajo o simplemente conduciendo sus coches. El ritmo, entre las escenas coléricas de la trama, es lento, sin prisas. Brown observa el paso del sol sofocante y las esporádicas tormentas que traen la lluvia. Te absorbe no sólo con el flujo gradual de la actividad cotidiana y las pequeñas charlas que disfrazan anhelos y pesares más profundos. El pasado violento y apasionado sigue atormentando el presente. Parte de la historia produce escalofríos, otra hará regocijarse del espíritu humano. Hasta las últimas páginas de Padre e hijo el temor continúa, el desenlace puede estar a la vuelta de cualquiera de ellas. Lee con cuidado porque este libro se quedará contigo para siempre. Muy recomendable, uno de los mejores libros del pasado año.
Traducción: Javier Lucini