Qué queréis que os diga, a mi Ryan McGinley me despierta buenrollismo veraniego. Muchachada rebelde saltando por los montes, fuegos artificiales que me recuerdan que se acerca la noche de San Juan y cuerpos desnudos en plena efervescencia hormonal. McGinley retrata a la perfección la subcultura neoyorkina de jóvenes skaters, músicos o grafiteros, y gracias a eso y a su originalidad en el uso de la luz y los encuadres, se ha ganado un puesto en las mejores colecciones de todo el mundo. Su descaro le llevó, en 2003 y con 26 años, a ser el artista más joven en exponer en el Whitney Museum de Nueva York. Ahora, diez años más tarde, ya es un reconocido fotógrafo al que se compara con Nan Goldin o Wolfgang Tillmans. Este libro publicado por Twin Palms, y del que existe también una primera edición limitada de 150 ejemplares firmados, es su primera monografía retrospectiva y permite analizar la evolución de su fotografía desde sus inicios más íntimos y espontáneos, hasta sus últimos trabajos más calculados y “artificiales” pero no por ello menos fantásticos.
