Hace poco más de un mes, Unai descolgaba el teléfono y recibía una buenísima noticia: era el ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández por su primer libro publicado, “En este lugar”. Pero antes de eso, Unai ya era conocido por sus poemas arriesgados, extensos y de ritmo contundente. Sus textos han aparecido en diversos medios y antologías, como “Tenían veinte años y estaban locos”, “Quimera”, “Ex Libris”, o “Paraíso”. Pronto publicará un nuevo poemario, pero ahora le toca hablar con nosotros.
¿Cómo recibiste la noticia del premio? ¿Qué supone para un poeta incipiente un reconocimiento de tan alto nivel? Ante todo fue una sorpresa, porque no me lo esperaba. Recibí la noticia mientras estaba en el trabajo y me quedé muy pillado. No sé, es un primer libro y mis expectativas no eran muy altas. Estaba contento ya con la suerte de haber podido publicar, así que todo lo que ha venido luego ha sido una sorpresa para mí.
¿Cuándo escribiste “En este lugar”? ¿Te sigues viendo reflejado en todo lo que expresa? Lo escribí, casi todo, entre 2006 y 2007, así que ya me queda un poco lejos. Quizá no me veo reflejado del todo, pero sí sé que lo que escribo ahora es el resultado de una, digamos, meditación que empieza entonces: el descubrimiento de la importancia de la palabra en mi día a día, en mi relación con la realidad. Ahora, está relación se ha ido complicando.
Tu segundo libro va a publicarse con el título “El silencio de las bestias”, ¿nos hablas de sus presupuestos estéticos y de los retos a los que piensas que se ha tenido que enfrentar? Resumirlo es difícil, porque precisamente el poema es una forma de comprenderse a uno mismo en cierto modo, de percibirse en relación a los otros. Ahora mismo es importante para mí cómo nuestro mundo cobra sentido mediante las palabras, cómo buscamos religarnos a los demás. Es un libro de amor, o de deseo más bien dicho, sobre cuál (si es que lo hay) es el camino hacia el otro, hacia las cosas.
¿Crees que la experiencia biográfica influye en la creación literaria? Completamente. Me considero un escritor confesional. Amar lo individual es la única forma, en mi opinión, de amar al prójimo, que es donde debe terminar la poesía, si queremos pensar que puede comunicar. Pero de camino al poema suceden muchas cosas.
¿Crees en la escritura como medio de expresión de lo inefable? Sí, en la medida que lo inefable pertenece al mundo con la misma carta de naturaleza que lo que sí se puede decir. Para mí el poeta habla del mundo, y ahí entra todo, lo decible y lo indecible, que son distintas angulaciones de una misma preocupación. Estas categorizaciones provienen de una separación fenomenológica, un efecto óptico que damos por sentado.
En los últimos años se ha prestado mucha atención a la potencia oral de la poesía. ¿Crees que se debe trabajar más la puesta en escena? Como concibo la poesía desde la escritura, desde el ritmo que se produce allí, su paso a la oralidad (un recital, vaya) es algo que no me suele preocupar mucho: intento leer manteniendo el ritmo del poema tal y como yo lo tengo en la cabeza, pero no sé qué pasa luego.
¿Qué influencias literarias (y de otros ámbitos) crees que se manifiestan en tus escritos? Muchas, entiendo. Así a bote pronto, tengo incrustado en la cabeza el Renacimiento español, Quevedo y Góngora always, y su valedor Baltasar Gracián con sus ideas acerca de la agudeza poética. Juan Ramón Jiménez fue decisivo para mí durante los primeros años de escritura para entender lo que significaba la importancia de la palabra. Carnero, Gimferrer y Montalbán, por el ritmo, así como cierto ‘modernismo’ en lengua inglesa: Eliot, Moore, Bishop… Quien más me ha influido en los últimos años, sin embargo, es Pombo. El mejor poeta vivo que hay en España, para mí. Creo que también hay una gran influencia de la filosofía en lo que hago, del amor en San Agustín a las ideas sobre el solipsismo de Lacan, por decir algo.
¿Podrías hacernos una panorámica de las propuestas literarias actuales que te resulten más interesantes?
A mí me gusta que haya una gran variedad de propuestas, de otra forma sería estúpido. Pero sí creo que hoy en día, a pesar de que la poesía no sirve para una mierda, de que el poeta no puede comunicar nada y que a nadie le interesa verdaderamente la intimidad del otro (su corazón); a pesar de eso, sigo confiando en el poder de la palabra. Me interesa la poesía que apuesta por la palabra y sus propiedades, que sea capaz de emocionar y de decir algo sobre el mundo, aunque no sirva de mucho. Siento afinidad con poetas como Guillermo Morales, Berta García Faet o Alberto Acerete, porque investigan una línea que me interesa particularmente, como lo religioso o la recuperación de la sentimentalidad.
¿Qué estás leyendo ahora? Ahora mismo estoy leyendo la serie de cómic “Hora de aventuras” y he terminado de leer el poemario “Basura”, de A. R. Ammons.
¿Nos cuentas un sueño? Recuerdo una sensación de infancia que siempre he pensado que la soñé: me caigo por el agujero de la escalera, cuando vivía en un ático hace años con mis padres, y por encima de mi cabeza se precipita también una figurilla del pesebre (un rey mago). Entonces noto una sensación muy física y pienso en dos cosas: en una bola de carne, una albóndiga o en la yema del dedo gordo de mi mano.
¿Y un secreto? Soy un fan absoluto de Punto Pelota. Bueno, de cualquier tertulia futbolística.
/Fotografía y texto de Laura Rosal